miércoles, 18 de abril de 2012

PALABRAS, NIÑEZ Y RECUERDOS


Es curioso la fuerza que ejercen en nosotros las palabras. Escucha uno la palabra escuela y le vienen a la memoria los lápices con la punta recién sacada y su olor inolvidable, un babi azul marino y los partidillos de fútbol después de clase. Sin embargo escucho colegio y ya pienso en las gotas de lluvia que corrían por la ventana los días grises, el reloj parado en la pared gris y la cara (gris) de don X… todo gris. Oficial, obligatorio, gris.
                Me pasa lo mismo con las palabras maestro y profesor. Maestro me suena a aquellos del Renacimiento (afán, constancia, algo de locura y mucho genio en ayunas), o a los que salen en los libros de Blasco Ibáñez o Josefina Aldecoa: miseria y devoción por la enseñanza. Sin embargo la palabra profesor me suena a cumplir horarios e instruir. Tal vez en la Universidad, la palabra profesor adquiera una altura, una consideración, si ves que quien se sube a un estrado no lee continuamente de un papel y transmite con sus maneras igual que con su memoria.
                Lo que pasa es que los pequeños y pequeñas que nos rodean en las aulas no son tontos y a las palabras colegio y profesor les cortan imaginariamente con sus pequeñas tijeras lo que ellos creen conveniente, lo que les sobra.
Lo hacen intuitivamente: colegio se queda en cole, y así tiran a la basura el recorte gio, es decir las caras largas, la sirena que marca el final del recreo, la extrema disciplina… todo aquello que tenía la palabra colegio. Y cambian todo eso para quedarse con la sirena que suena para anunciar el principio del recreo, las risas que pueblan los pasillos, los cambios de cromos a las doce y cuarto (lete…lete…lete…¡nole!) y la comba al sol; que es a lo que suena cole. Nos ha fastidiado.
                Y con profesor pasa lo mismo.  Si en la Universidad tiene algo respetable este término, en el cole la palabra profesor es un rollo. Y nuestros chicos y chicas cogen alegremente (es que hay que cerrar los ojos, imaginártelos y verlos) las tijeras y ¡ras!: el trozo sor a la papelera. Así, sin más. Allí donde había seriedad ahora ha de haber jovialidad. Antes ceños fruncidos, hoy sonrisa comprensiva, ánimo. Aunque ellos saben que de vez en cuando tenemos que agregarnos el sor otra vez, y se dirigen a la papelera, cogen el trocito de papel y con la barra de pegamento nos permiten volver a ser profesor, si han hecho o han dejado de hacer algo que no debían y saben que “tenemos que hablar”. La mayoría de ellos quieren armonía en la clase, no injusticia, que también la entienden “aunque sean niños”.
                Para terminar con todo esto de lo que le dicen a uno las palabras, lo haré con algo relacionado con la palabra libro. Y no voy a ir a la etimología ni voy a poner definiciones ingeniosas de autores o autoras de lo que ellos consideran qué es el libro (por otra parte ambas cosas respetables).
                El otro día vi (otra vez) la genial película “Huracán Carter”. No sé si la habéis visto, pero tranquilos que no voy a deciros cómo termina. Sólo decir que es una película muy bien hecha, donde además la banda sonora cuenta con una canción brutal de Bob Dylan, que comparte título con la peli. Y Denzel Washington se sale. Pero lo que más me gusta de la película es cuando algunos personajes de la película van a una feria de libros usados, y se ve a una carretilla elevadora que vuelca un montón de libros en una especie de cajón gigante donde se abalanzan un montón de personas a por algún tesoro (El que va a esos sitios sabe que es como ir de caza). Pues bien, el niño (casi adolescente) que coprotagoniza la película coge un libro que luego será esencial para el desarrollo del argumento, y alguien en algún momento de la peli le dice que es el libro el que te elige a ti y no tú a él, o algo así.
               

lunes, 16 de abril de 2012

APAGANDO EL MÓVIL ALLÁ DONDE HAYA COBERTURA


               Ya ha pasado el tiempo de la charla después de comer, a la hora del café. Ahora has de tener móvil si quieres comunicarte con los demás a través del “guasap”. Uno sintió muchas veces las ganas de dejar caer con elegancia y algo de desprecio el móvil a una papelera o un cubo de basura.
                Da pena también. Recuerdo un vídeo que nos ponían en la escuela en séptimo u octavo, de una colección que trataba sobre deportes. Una entrenadora de tenis decía que había que tener cariño por la raqueta que se utiliza. Lo decía con pasión y verdad. Como si a los implementos que utilizamos en nuestra vida tuviéramos que tratarlos bien, que eso luego redundará en nuestro beneficio. Pero un móvil, que es cierto que en un viaje nos puede ayudar o sacarnos de algún otro apuro, ¿le debemos veneración? ¿es dependencia? ¿es necesidad? ¿es amor?  No me gusta la trascendencia, ya apuré sus posos en los libros de Saramago.
                Tampoco estoy de acuerdo con los habladores de radio o televisión, que desde un púlpito imaginario hacen cátedra de no se sabe qué ciencia, afirmando con una oscura vehemencia: HEMOS FRACASADO, NO NOS SABEMOS COMUNICAR. EL SER HUMANO TIENE QUE ECHAR MANO DE APARATOS PARA COMUNICARSE.
                En algunos años del siglo XX, aquí en Hispania, cuentan, que para leer algunos libros tenías que comprarlos de forma clandestina, porque estaban prohibidos. Hoy cienes y cienes de gentes pasan de largo ante un libro de Camus y Machado, para abalanzarse a la Sombra del viento o Iacobus. 

                Que dejen en paz a la gente, el primero yo: ¡no leas!, o mejor, ¡lee!, ¡lee todo!, desde los jeroglíficos nombres de los componentes del champú hasta las instrucciones del secador de pelo que anduviere por tu casa.
                Yo soy particular como el patio de la canción, y todavía tengo ni un puñado de amigos con los que sí guardamos esas charlas, cortas pero anchas, donde el tiempo se detiene en las fotos de caza del restaurante de Illescas, que parece de los de antes.
Por todo esto y mucho menos, lo más subversivo hoy es apagar el móvil donde haya plantaciones de ellos, y dejar perderse el tiempo entre los cafés y la charla sobre todo y sobre nada. La felicidad al alcance de la mano.

miércoles, 4 de abril de 2012

DONDE DUERMEN LOS SUEÑOS DE SANCHO Y ALONSO


     Creo que si Pío Baroja pudiese ver a Don Quijote y a Sancho durmiendo entre sus páginas sacaría la sonrisa esa tan cruda que ponía, tanto en el corto vídeo que hay por ahí sobre su actuación en una película y se puede observar en su físico, como en los libros con su visión catastrofista y desprendida a la vez.
     Y... en el fondo... le gustaría, como le gusta dejar a su protagonista en sus libros cerca siempre de una gran pasión, aunque nos lo pinte cada vez, y con denodado esfuerzo, de un escepticismo sin fisuras. Creo que ese escepticismo, que era el suyo, acababa por agrietarse con algo que no sé si tenía él, pero que a sus personajes les acababa por definir: la bondad. Es como si en el transcurso de cada día uno fuese perdiendo la esperanza y la creencia en los demás, para levantarse todas las mañanas con la conciencia lavada y el convencimiento de que aquello fue un mal sueño y hay un mañana donde se pueda vivir mejor que hoy.

martes, 20 de marzo de 2012

LIGERO DE EQUIPAJE (NUNCA... ¿O SIEMPRE?)


Es embriagador escuchar a Sabina en una canción ligero de equipaje, y lo que eso evoca: la libertad, el viento en tu cara, las naves quemadas atrás, el relámpago en las venas y el futuro para bebérselo de un trago... y poco equipaje. O ninguno.
Pues yo nunca podré ir ligero de equipaje; soy consciente de ello cada vez que me muevo. Y no me hace falta hacer muchos kilómetros ni que sea un viaje extraordinario vacacional. Solamente para dirigirme desde la localidad donde trabajo hasta la que me vio crecer, hago una bolsa de viaje con más libros que ropa. Ahora con los formatos electrónicos sería más fácil ir ligero de equipaje, ligerísimo vamos. Podría comprar una tableta que pesa menos que un zapato y que contiene 1.000 libros o 2.000. Podría, pero no quiero. Me sigue gustando el papel. A ver, a ver, antes de nada: esto no es un alegato romántico en contra de la modernidad de plástico (de la cual todos aprendemos), sino una opinión personal, que no busca adhesiones ni partidarios (qué mal suena lo de partidarios).
Me sigue gustando el papel. Y subir y bajar la cuesta Moyano como Sísifo. Y meterme en una librería donde todo esté repleto y caótico de libros, y preguntar por una edición vieja (sí, vieja, no antigua: vieja) de Borges. Y marcharme a algún sitio y que en mi mochila viajen, con todas sus páginas, Tranvía a la Malvarrosa de Vicent, Mil de Mil de Trapiello, El Aleph y las poesías castellanas de Garcilaso. No puedo entender otro tipo de viaje.
Recuerdo cuando leí la Regenta. Siempre fue una lectura pendiente. Y un verano decidimos ir a Asturias. Siempre me ha gustado leer una novela que tenga algún tipo de relación con el lugar que vamos a visitar. Así que pensé en La Regenta. El volumen que me llevé no era de los más grandes, pues tenía la letra pequeña, pero aun así pesaba lo suyo. Y cuando lo encajas entre la ropa con el resto de equipaje, piensas lo típico: menuda carga estoy metiendo. Luego llegaron las tardes en la playa de Ribadesella, y te tumbas boca abajo, apoyado en los codos, el libro bajo tu cara, y lees al ritmo del oleaje.
Cuando regresamos a casa, y saqué el libro, estaba un poco más ajado, las hojas ligeramente dobladas del uso, con alguna pequeña mancha de humedad sin importancia, o precisamente importante, porque ese era el recuerdo del viaje, como el olor a salitre que tenía el papel. Será que hay más vida en el papel, que en el plástico.

martes, 21 de febrero de 2012

LEAN LO QUE LES APASIONE... (EPS 19 febrero 2012)

ENTREVISTA A ALBERT JOVELL
(Doctorado en Salud Pública y Sociología...)
"... para llevar con buena mano a un enfermo es mucho más práctico leer a Chejov que estar al día de los últimos avances..." 

Ernesto Sabato, en su brutal libro Antes del fin, escribía que muchos de sus alumnos le preguntaban qué leer, y Sábato respondía: "Lean lo que les apasione, será lo único que los ayudará a soportar la existencia".

jueves, 16 de febrero de 2012

OPINIONES DE MOZART (Libro-cd de EP Mozart Niño)

"[...] Mozart era generoso en alabanzas con aquellos que lo merecían, pero sentía un profundo desprecio por la mediocridad insolente [...]".

La mediocridad insolente. La insolencia mediocre. Da igual cuál sea el sustantivo y cual el adjetivo. Esta unión es un peligro, por todo lo que se deriva después. Ser mediocre y no alardear, vale. Pero ser mediocre y dar el coñazo para tener fama entre:
la familia (te quieren, te aguantan);
los amigos (te quieren (algunos), te aguantan (algunos));
el círculo de desarrollo personal (NO te quieren, NO te aguantan) y
los mass media (depende la puerta roja de la fama por la que entres, serás odiado y envidiado por igual).
Pues ser mediocre para agradar a toda esta gente es el colmo de la insolencia.

Ramiro Calle en una entrevista dice (digo dice y no dijo porque me pongo la entrevista siempre que quiero, y lo dice siempre en presente, y lo que dice Ramiro Calle es sentencia) que al sol no le hace falta publicidad para brillar. Pues eso.

LA SONRISA (MENOS) ETRUSCA

Sólo Alterio padre, aquí abuelo Bruno, se salva.
Disfruté tanto (tanto) del libro que se me ha hecho larga y en algunos momentos (ay) de bostezo la obra de teatro, vista ayer en la Latina. Sí que me gustó el principio: Bruno frente al relieve del sarcófago etrusco. Esa imagen encierra toda la filosofía que cabe en una maleta de viaje pequeña, y que es también la idea del libro.
¿Qué piensa, imagina, siente el viejo partisano ante ese matrimonio sonriente en  el más allá? ¿Qué sueña delante de esa actitud ante la muerte de una cultura mediterránea y prerromana?
Bruno no es culto en el sentido enciclopédico del término. Es decir Diderot o Voltaire no le darían el diploma de culto. Pero las arrugas de la guerra y la honrada pobreza del campesino, el polvo del camino en sus manos, la sangre que vieron sus ojos y todo el Mediterráneo en sus venas... ¿no es otra forma de ser alguien enriquecido y enriquecedor para los demás?
Creo que es el pecado que cometimos la Humanidad, dividir esos dos caminos. Y ahí nos quedamos.
Recuerdo una entrevista entrañable que le hicieron a José Luis Sampedro, donde explicó el porqué de elegir la Italia de Mussolini y ese abuelo que vivió la Segunda Guerra Mundial, y no hacerlo sobre alguien que hubiera vivido la Guerra Civil española: en España todavía existían heridas cuando se escribió el libro (1985)... ¿y hoy?, ¿hoy, 2012, se puede escribir ese libro? Seguro que saldrá algún iluminado de cualquiera de los dos bandos, asegurando con rotundidad temeraria que sí.

El teatro: Julieta Serrano bien, la nuera bien, en fin si la obra tampoco es que sea mala... pero creo que aquí me ha pasado lo que dice una canción de Sabina:
Al lugar donde has sido feliz /
no debieras tratar de volver... 

Aunque merece la pena pagar la entrada por ver a Héctor Alterio convertido en Bruno.