domingo, 10 de enero de 2016

Película 07 LA MIEL




          REPARTO, PERSONAJES PRINCIPALES

     Don Agustín (José Luis López Vázquez): Vive con su hermana y trabaja como seglar en un colegio religioso, en la película no queda muy claro si sale del seminario por que le gustaban mucho las mujeres o porque debía irse a vivir con su hermana con motivo de quedarse viuda. Borda el personaje, aunque aclaro que a mí el gesto ese un poco exagerado de López Vázquez casi nunca me ha molestado. 

     Inés (Jane Birkin): No sé cómo no hizo más películas junto con López Vázquez, es una mezcla genial. Lo más fácil sería decir que es como juntar a Torrente con una tía buena; es un poco simple pensar así, pero es más fácil eso que buscar matices de ambos personajes, porque ni López Vázquez llega al demasiado evidente personaje ramplón, ni Birkin es la rubia despampanante sin cerebro; muy al contrario: es una señorita afrancesada, una cocotte elegante, valga la redundancia. Hay otras sensibilidades y un humor más fino que el burdo de la saga de Santiago Segura.
     
     Paco, Paquito (Jorge Sanz): Es la primera película de Jorge Sanz, y es muy curioso algo que anuncian al principio de la película, junto al nombre de los actores y el título de la propia película: "La presentación cinematográfica del niño Jorge Sanz", por delante de "Y la colaboración de Agustín González". Me resulta curioso porque no he visto en otras películas ese bombo y platillo para anunciar la participación de un niño actor, aunque tal vez sí y a mí se me haya pasado, y sin embargo en este caso no, porque siempre me ha caído bien Jorge Sanz. En un principio parece que va a interpretar el papel típico de gamberrete, luego le vamos cogiendo cariño y se adapta a las escenas entre López Vázquez y Birkin con gracia y soltura, pese a que sea su primera película.

     Amelia (Amelia de la Torre): hermana de Agustín. Parece una mujer sacada del museo de cera. Egoísta, intenta manejar a su hermano como quiere. Gran actriz que redondea la película suponiendo para Don Agustín un corsé moral rígido que se tendrá que ir quitando poco a poco.
     
     Vecino de abajo de Inés (Agustín González): No sería uno de los personajes principales si analizamos la película objetivamente, pero como es un actor al que le he tenido siempre cariño lo incluyo en el elenco de principales. Qué vamos a decir de este actor, pues que es creíble que es lo  más importante, sobre todo cuando se enfada porque le han caído las braguitas de la vecina a su tendedero del patio de vecinos. 

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          Alguna vez escuché que a López Vázquez lo quería contratar George Cukor para llevárselo a Hollywood, y no me extraña. Los primeros minutos de la película nos parecen llevar al mundillo ese del destape y del guión fácil, todo como muy evidente. Nada que ver. Se nota la mano de Rafael Azcona como coguionista junto a Pedro Masó, que es el director.

          Aparte de la trama de la propia película, me ha pasado con ésta como tantas de esos años de los 70/80 españoles: me encanta ver Madrid de esos años, cómo va vestida le gente, los coches. Hay una escena que nos enseña a unos chicos jugando al fútbol en el patio, parece un partido de cincuenta contra cincuenta, que es como han sido siempre los partidillos en el colegio, una multitud de chavales detrás de una pelota. Tiene un color nostálgico. Aunque ahora que lo pienso toda la película está bañada en un color amarillento y nostálgico, con esa música que se mueve entre un inocente erotismo y una tristeza crepuscular.

          La película es una consecución de acertadas escenas de humor, con toques sentimentales (el niño se va encariñando poco a poco de don Agustín) y el erotismo, muy elegante, de la belleza huidiza y arrolladora de Jane Birkin.
          No sabría elegir una escena: cuando pilla don Agustín a Paquito fumando en el baño y escribiendo en la pared con un rotulador negro, que luego borra con la escobilla; cuando va a buscar don Agustín a Inés a la tienda, para hablar con ella, y justo en ese momento hay una mujer cambiándose de camisa (la cara de López Vázquez es un delirio); las escenas de los hermanos Agustín y Amelia, en el Bingo, en la casa, en la marisquería; tienen algo de verdad y a la vez algo teatral muy atrayente.
          Y para no desvelar nada, diré que me parece un final muy bien elegido. No puedo saber si tardaron mucho o poco en decidir el desenlace, pero considero que es un trabajo de guión acertado, fino, lejos de lo que llaman los sabelotodos "españolada". No me lo esperaba, y sí quiero apuntar que los primeros planos de Jane Birkin en ese final son literatura, pasión, es ver algo hermosísimo que se escapa de las manos.

sábado, 4 de octubre de 2014

EL ÚLTIMO SOL DEL VERANILLO DE SAN MIGUEL

         

          Llegan las casetas, los libros, los libreros aburridos en sus estantes, al paseo de Recoletos. Es otoño y Los Madriles tiene tardes de un sol que todavía calienta.
          Entras en la ciudad, la villa, como gusten, por Santa María de la Cabeza con el coche cruzando un puente sobre el Manzanares, es necesario ir despacito, hay una vista especial desde allí, los tejados castizos a la izquierda se desparraman allá enfrente, mezclándose con edificios ultramodernos y cúpulas de iglesias que la modernidad todavía no ha podido hundir, si giras más la cabeza, verás el Calderón, sin ser del atleti, me gusta que me salude como un anfiteatro moderno, un coliseo de plástico y hormigón que tiene un nosequé, parece que lleva allí desde siempre.

          Subes Santa María de la Cabeza, tuerces arriba hacia la calle del Ferrocarril, sufres las poleposition de taxistas y pilotos de fórmulasunos disfrazados de madrileños con prisas, en los semáforos de esta calle con nombre tan bonito, hasta que coges el paseo de las Delicias donde continúan las carreras, aquí ya se unen también las furgonetas de repartidores que corren como el demonio, y subes, subes, subes hasta que llegas al muelle, puerto, rompeolas de Atocha, donde empiezan todas las historias, hasta las que terminan, allí, tendrán siempre un "¡hasta luego, hombre!" del churrero de la esquina o del guardiajurado del Parking. Haces la rotonda de Atocha y hacia el paseo del Prado el tráfico te engulle, te lleva en volandas, aquí cambia un poco el parque automovilístico, porque se unen a la fiesta del asfalto audis, bemeuves, lexuses, algún ferraris y coches así, casi todos de extranjeros que han venido a Madrid para nutrir de ficción una ciudad que ,como dijo el gran Umbral, sin escritores no sería nada.

          Y eso es lo que uno va buscando, las huellas de los de antes. Aparcas como puedes, y ya puedes andar que es como hay que conocer Madrid: caminándolo hasta saborear cada placa, cada edificio o café. Saludas a Velázquez, que no lleva ahí sentado desde que dicen las güiquipedias, en bronce, lleva desde siempre viendo pasar las cosas hasta que su pincel les daba una vida mejor, hacía pasar a los reyes, infantas, perros de palacio, hilanderas y herreros de La Corte a una vida mejor, por que les daba el aire que necesitaban para vivir y sobrevivir los siglos y que el que lo viera también lo pudiera respirar, y hacer el camino de los siglos a la inversa, para encontrarnos todos: tú, yo con Agustina de Sarmiento fuera del tiempo, en el alcázar de Madrid. Dejas el Prado atrás, saludas a Neptuno también que te hace un gesto un poco hosco porque sabe que no eres del atleti, aunque con tanto tiempo viéndonos deja un atisbo, un comience de sonrisa, que no se completa y por tanto, más querida. Y sigues hasta la Cibeles, que guarda en una mano los dados del azar, ésta te sonríe abiertamente pero elegante y sin mostrar los dientes, te conoce más, y va a tirar los dados esa tarde para que el azar te lleve hasta el libro que quieres. Para que el libro te salga al paso.

          Feria de otoño, del libro viejo y antiguo, veintiséis edición. Octubre, Madrid, Paseo de Recoletos. Este año han modificado el tramo, están de obras en el de siempre y han avanzado hasta darle la mano a Colón allá. Mejor, queda la terraza del café Gijón dentro del recorrido, da igual entrar que no, es saber lo que fue (es, si lees) y mirar. Nada Más. Limpias la gafas antes de bajar al fondo marino, al fondo bibliográfico, a las raíces y los corales. Aquí no hay libros electrónicos, ni música machacona, hasta los ruidos del tráfico parecen amortiguarse y desaparecer por la muralla de papel.

          Hay tres formas de estar en las casetas, contando con que te guste estar allí, si no, es mejor coger el móvil de última generación, o sea el de hoy porque el de ayer está pasado de moda, irte al estarbacs y comprarte un café de plástico, a guasapear. Entonces en las casetas no pintas nada.
Me refiero al que va allí porque quiere ir, a la feria, ese tiene tres formas de estar que se pueden combinar en cualquier momento: buscando algo, no buscando nada o comprando porque ibas a comprar sí o sí.
          Uno empieza sin buscar nada. Pone la mente en blanco para que ningún título monopolice la vista, y deja que vayan pasando por sus manos libros, y más libros, y más libros... sin prejuicios, con bastante entusiasmo enmascarado, con algo de escepticismo mascarado. Por si acaso.
          Y en esas estábamos, ayer tres de octubre cuando lo vi. Primero vi el nombre del escritor, que en principio sólo me interesó, por la costumbre. Luego, el título. Después la aceleración en las pulsaciones y algo de sudor. Nunca hay que precipitarse al tomar el libro de entre los demás. Es un movimiento un poco mimético con lo que hay alrededor, pero firme. Ese libro es tuyo, porque la Cibeles ha echado los dados, porque estás en Los Madriles y te ha regalado un veranillo de San Miguel con sol. Último soles que se pierden por el Palacio de Oriente, dándole en la coronilla a Felipe IV, belfo en sombra.
          No puede ser. Es El Libro. Cientos de búsquedas por internet, en tantos puestos de El Rastro, en la Cuesta Moyano, con Baroja riéndose de mí por dentro, con su abrigo, tantas ferias del libro aquí y allá. La última decepción en la búsqueda de el libro que ayer encontré me había pasado hace poco, un malentendido de una tienda de libros que decía que sí lo tenía. "Que sí, que sí, no se preocupe", para mandarme más tarde un mensaje: "Lo sentimos, está descatalogado". Bah.



          El tomo que está en venta por la red vale muchos euros, parece una broma. Parece. Ayer me salió como ir al cine, más o menos, con media ración de palomitas.
          Se hace de noche. Me voy con la pesca coleando en la bolsa de papel. La dejo en el asiento de copiloto y antes de volver a cruzar el Manzanares en dirección contraria, hacia la provincia de Toledo, miro el par de libros, Umbral me volvió a engatusar para acompañar al otro. La feria de otoño llega sin hacer ruido de motor ni echa humo de tubo de escape, no tiene música cojonera de móvil supermoderno. Aparece en Recoletos de la mano de Neptuno y la Cibeles, así como una sonrisa sin enseñar los dientes.

domingo, 3 de agosto de 2014

PELÍCULA 06 SENDEROS DE GLORIA (Paths of Glory)

          

          Es inevitable acordarse de Gallipoli, la heroica película de Peter Weir, no porque fueran heroicas las razones de I Guerra Mundial, sino porque ver a esos muchachos llenos de vida ser llevados al matadero de las primeras trincheras-ratoneras, se convertía en algo triste, sí, pero con la fuerza del mito, que en estos casos fue verdad.

          Poco podemos desde este humilde blog aportar a lo dicho sobre esa furia andante que tuvo por nombre Kirk Douglas (Coronel Dax en la peli), pero es también insuficiente lo que se diga de este actor; al verlo enfadado y harto ante tanto desmán de los superiores, está uno deseando que se quite con violencia y premura el uniforme gris de coronel, y aparezcan las sencillas telas de ciudadano romano de segunda, de Espartaco desatado, para apuñalar con saña a tanta gentuza con galones (no estaría mal que esto pasara en la escena del juicio a los tres inocentes soldados elegidos al azar, que saltara por encima de las mesitas versallescas y se liara con la faca a por los mandamases Douglas padre).
       
          Si esta película la echaran en el cine, iríamos corriendo a pagar religiosamente nuestra entrada, para verlo intacto recorrer arriba y abajo las trincheras, como un tiburón perdido en un río gris, oliendo el miedo de todos los chicos, preparados y apunto para la matanza correspondiente.

          Hemos empezado esta entrada del blog emparejando, emparentando Senderos con Gallipoli; se me ocurren otras dos películas relacionadas con una escena sublime, triste y esperanzadora a partes iguales. Esta es: aparecen todos los soldados en la cantina, emborrachándose a modo, y aparece el cantinero sacando del brazo a una bella muchacha sobre el escenario del local; cantinero que es como un Sancho Panza francés, pero que al bueno de Sancho este ruin y soez mesonero no le llega a la altura de las alpargatas. El cantinero, con la lascivia desbordándose por toda su redonda cara, hace reír a la concurrencia haciendo unas gracietas sobre la chica que no suelta del brazo. Esto de la diversión de la tropa en la guerra se supone en todas las guerras desde que el hombre campa por el mundo, pero adonde yo quería llegar es a la relación que tiene esta secuencia con la de unas chicas-Playboy bailando ante los soldados de Estados Unidos, en la película Apocalipsis Now; Con una pequeña pero irreconciliable diferencia entre las dos películas, la escena de las chicas-playboy no tiene un final moral explícito, Coppola deja al espectador ante sí mismo: te puede parecer bien, mal, regular o inevitable, pero no entra en más. Por otro lado, Kubrick sí termina la escena de forma distinta, deja un mensaje más claro: de repente la chica, libre ya de las garras del pequeño oso-hiena empieza a entonar una canción en alemán (recordemos que ellos ¡son franceses!), y los que hasta ese momento eran unos groseros y baobosos borrachos, van tornándose, a la velocidad que se pone el sol tras una colina, en mansos seres humanos, la melodía como un invisible ovillo de humanidad, va deshilándose y compartiéndose por todo el tugurio, las caras desencajadas se vuelven apacibles, nos recuerdan que esos hombres tienen madres, hermanas, novias o mujeres, esperándoles, cerca o lejos, y esa melodía cuya letra desconocen, va entrando en ellos, sacándoles lo mejor de sí mismos. Y es precisamente en ese momento cuando se me vino a la mente Casablanca, cuando se canta La Marsellesa en el Café de Rick, no sé explicarlo muy bien, pero sentí una emoción parecida. Hasta ese torbellino de fuerza que es el coronel Dax, que fue el mítico Espartaco, el obsesivo Van Gogh, es decir, el señor Douglas, al ver desde fuera todo lo que ocurre en el antro, nos regala una mirada y una expresión que nos enseña al gran actor, sutil cuando hace falta, aunque su fuerza aguarde latente.    

miércoles, 30 de julio de 2014

DAGUERROTIPOS 01: FRANCISCO UMBRAL, UNA TRAMPA MORTAL Y ROSA

          

          La gente no lee a Umbral como no juega al corro de la patata. Y los que lo leen no saben explicarlo porque quieren explicarlo desde el personaje: ese señor que parece un Larra o un Espronceda venido a menos, que se ha escapado del museo de cera y que no sobrevive, claro, en este mundo de siliconas, guasap y más catálogos de plásticos. Y así no.

          Veamos: Día del libro. Madrid. Café Gijón. Hace cuatro o cinco años, charla sobre Francisco Umbral. Componentes de la mesa: María España, Ramoncín, Juan Luis Galiardo, Jorge Urrutia y algún periodista más.
          Todos hablaban bien, apasionadamente sobre Umbral, pero el murciélago goyesco, gris y antipático,transfiguración fantasmal del escritor, sobrevolaba el café, todos los que estábamos allí teníamos los ríos de palabras de Umbral corriendo por nuestra vena lectora, y nadie sabía defenderlo, propagarlo, dar en herencia a las generaciones nuevas, difundir su manatial, se perdía el agua fresca de su puño y letra, el rumor de su surtidor, confundido con el sonido de las teclas violento y venenoso de su máquina de escribir, de su metralleta olivetti, se perdía en el páramo mediocre del complejo nuevo milenio, donde ya no encajaba entre el gran público, y se perdió en las brumas del pasado, las que se elevaban de los veladores del café Gijón, se perdió su figura estirada, elegante, pasada de modas, troquelada en ceniza de los ceniceros cuando se podía fumar y escribir en los cafés.

          Y Ramoncín lo intentaba con su verbo fácil, su contundencia, sus reminiscencias de barrio bajo, su querencia por Umbral y lo umbralesco.
          Y María España, lo recordaba con esa serenidad que tiene ella, con esa elegancia en estar sentada, en mirarnos a los ojos al hablar, un poco dudando al empezar a hablar, porque hay tanto que decir y que leer o releer y analizar del que se fue.
          Juan Luis Galiardo parecía un gigante, entrando y saliendo del café, vino dos minutos llenó el café con su energía y su porte, su comicidad en serio de último de los últimos grandes actores (ah, no me acordaba y lo quería decir: si Bardem tiene un Oscar los Landa, Galiardo o Fernán-Gómez tenían que tener un saco), Juan Luis Galiardo, cuando se fue, pasó al lado nuestro y en sus ojos pequeños vimos irse una forma de entender la vida, el teatro, la pasión por estas cosas que no he vuelto a vislumbrar en nadie más.

          Y entonces el periodista que hacía como de moderador de aquello, preguntó si teníamos alguna pregunta, y todos callamos como putas, bien porque muchos no lo habían leído y sólo estaban allí de paso del día del libro, bien porque los que lo habíamos leído no supimos hablar de Umbral, pero aquella tarde dentro del café Gijón entendí que era reflejo de lo que pasaba fuera: la gente no lee a Umbral como no juega a la gallinita ciega. 
¿Nadie lo ve? Umbral bebe de lo mejor de nuestra lengua (más vale que aparque usted ese mamotreto que se va a leer este verano, y coja Los Alucinados, análisis de un siglo de nuestra lengua, sin ningún afán cataloguista sino con la mejor literatura, imaginación y honestidad), bebe de nuestros Valle-Inclán, De La Serna (Ramón), Darío, Juan Ramón Jiménez, Hierro y todos los demás, y hace un lenguaje propio, pero respetando la tradición del castellano, sin tenerle ningún respeto a la hoja en blanco, y creando criaturas nuevas y vivas, por eso sobrevivirá, y resurgirá el manantial del castellano umbraliano de las cenizas de su personaje troquelado, cuando se le dé importancia a lo que la tiene: sus libros. Nada menos.

          Francisco Umbral es, básicamente, tres: uno, el hombre que sólo conoce su mujer. Dos, el señor que parece que se ha escapado del museo de cera, estirado y troquelado hoy en ceniza, y tres,  el escritor que sólo se puede descubrir en sus libros, todo lo demás es un puñetero vídeo, "quiero hablar de mi libro", pequeñez estúpida al lado de esos cientos de páginas que nos legó generosamente, no se guardó nada, siempre al frente con la metralleta olivetti en alto, sublime sin interrupción.
          Umbral escribía como un niño, sin perder su capacidad de asombro, por eso iba siempre de traje, para adultar los libros y que la gente los leyera, pero leer a Umbral es volver salir al recreo y escaparse, saltando la valla del colegio, y perderse de la mano de una amiga en la espesura de la arboleda que se ve allá al final del lienzo. La gente no lee a Umbral como no juega al escondite inglés, y se apunta al pádel o a aeróbic, y se compra la novela coñazo que compra todo el mundo, para no salirse del corsé social. Mediocridad que tiene su salvación en la valentía de volver a Umbral.

          No hay que caer más en la confusión, métanse en sus lenguajes selváticos y laberínticos, caigan en su trampa mortal y rosa.

martes, 15 de julio de 2014

HALLADA LA FORMA DE VIAJAR EN EL TIEMPO

          

          Sin máquina del tiempo, ni ayuda de la NASA, ni de la aceleración de partículas, un feriante y su hijo han hallado el modo de viajar en el tiempo:

          - Hijo, que empiece la función...
          - Señora, señor, sí, usted también podrá. Recorra 2.700 años desde su cómodo dos mil catorce, conozca a Odiseo de mano de Homero; más tarde podemos dar un salto hasta nuestro siglo de oro, póngase entre Don Quijote y Sancho, y escuche los prodigios al oído que le dirá nuestro Cervantes; y porqué no terminar avanzando desde el XVII al XIX, entrando por la ventana de un caserío vasco, a las guerras carlistas, gracias a Baroja, su abrigo, su manta y su verdad, tan escasa hoy.
          Amiga, amigo, no lo piense, no hacen falta más investigaciones sesudas para ese ansiado viaje en el tiempo; a buen seguro lo esperan esos millonarios que han pagado una pasta gansa por hacer turismo al espacio, infelices delante de un atardecer ante la inmensidad del mar, hieráticos ante el canto de los pájaros en el amanecer. Sin embargo, no hará falta ese desprendimiento de dólares, vengan... vengan y pónganse cómodos, desabróchense el cinturón, sus deberes cotidianos, los móviles y todo lo que le impida abrir un volumen de estos y viaje. Viaje.

lunes, 14 de julio de 2014

OASIS TELEVISIVO EL DOMINGO NOCHE

             
         
       
          Hay que agradecer a TVE 2 y a Ramón Colom este oasis de agua de cultura, de serenidad, de saber estar, saber enseñar, saber hablar sin gritar, ni hacer tertulia de rueda de molino política...

          Conocí este espacio televisivo porque uno de los primeros trataba sobre El Greco, y hoy tras ver perder el mundial a Argentina, cambiando de canal me he encontrado con una entrevista a Lola Herrera en dicho programa.

          La entrevista antecede siempre al debate entre cuatro invitados/as, moderado de una forma inusual (tranquilo, empático, sin estridencias, sin dar el coñazo con "tienes 30 segundos para contestar") por Ramón Colom. Esta noche el programa se titula "Confieso que he vivido", participando en el debate: Juan Antonio Corbalán (exjugador del Real Madrid de baloncesto), Rosa Montero (escritora), Pedro Cid (sacerdote en Getafe) y la mencionada más arriba Lola Herrera (actriz).

          Las sugestivas preguntas lanzadas al aire por Colom, la mirada de inteligente y adulto moderador, mirada algo sarcástica, parece decir: "señoras y señores ya somos mayorcitos y mayorcitas, déjense de ataques verbales, interrupciones pueriles y otras martingalas; compórtense y hagamos televisión honesta, cultural, sincera. Gracias". Todo eso da un ambiente de salón de estar, de hora del té, entre gentes que da gusto escuchar, reflexionar sobre sus vivencias y contrastes, sin salidas de tono ni tonterías. Si este país viera este tipo de programas sería otro tipo de país. Ni mejor, ni peor. Otro.

http://www.rtve.es/television/millennium/

viernes, 11 de julio de 2014

PELÍCULA 05 CORAZONES DE HIERRO (CASUALTIES OF WAR)

          

          "Trabajar contigo no ha sido un placer, pero ha sido un privilegio", es lo que puso en una nota, tras el rodaje, Michael J. Fox a Sean Penn.

          Hay una cosa que comparten los actores jóvenes de esta película, Platoon y la maravilla monstruosa e insuperable Apocalypsis Now: para todos fueron experiencias catárticas, que les marcaron para siempre, que los roles de los soldados, saltaron la valla de la ficción y se colaron en sus propias vidas. Antes de la película, cuenta Michael J. Fox en una entrevista, quedaron varias veces Sean Penn y él, a comer, a conocerse, a "hacer migas", sin embargo, fue empezar el rodaje y por lo visto Penn comenzó a aislarse, a marcar una línea entre él y los demás.

          En un podium de pelis de Vietnam Corazones de hierro quedaría tercera, Platoon segunda y Apocalipsis Now la primera, pero muy por encima de las otras dos, aunque las otras dos sean también buenas películas.

          Pero hablemos de Corazones de hierro: el principio es lo peor, la selva parece un escenario de teatro, es una sensación mala que a punto estuvo de costarle que sacara el cedé del ordenador, pero me caen bien Penn y Fox, y sólo por tenerlos ahi en la pantalla, uno con su cara de loco reptil y el otro de dulce pimpín, me quedé, les dejé que siguieran y demostrarán, después sí, su credibilidad de soldados de guerra del Vietnam.

          Es cierto que Sean Penn tuerce a veces el gesto, en una exagerada impostura, pero ya digo, será que me cae bien, fui indulgente en el visionado y me gustó, de hecho la única crueldad verosímil en la peli, es la suya, porque John C. Reilly no ha de mostrar crueldad, hace de imbécil vacuo, de chupaculos, y actúa bien, ya se ve el gran actor que vendrá después, y es que fue un acierto del director (B. de Palma) no darle la oportunidad de hacer de malvado (aunque su comportamiento sí, no su foma, manera, estilo de ser), si le hubiera dado carta blanca para pasear su perversidad, el rostro que tiene anularía en parte el rostro vil y autoritario de Penn, que es el arquetipo, aunque sea un poco inconscientemente, "Tiene 20 años, por Dios", le dijo el capitán Hill al pardillo (o no tanto) de Eriksson (Fox).
          Los demás están bien, pero son éstos los que se salen. Más la actriz que hace de aldeana vietnamita, por supuesto, Thuy Thu Le, asombroso papel, que le da muchos puntos a la película, la realza, la eleva dándole una verdad que si bien Penn y Fox, van avivándola según avanzan los minutos, es ella la que redondea la película para que se le considere una "película necesaria".