jueves, 2 de enero de 2014

CERO CATORCE

   


     Lo vi y me gustó. Eso de enumerar los años desde el dosmil omitiendo el número 2, como si hubiéramos puesto el contador a cero. Es una trampa, pues nos quitamos años los que hemos nacido antes del dosmil, pero hay algo de adelgazador de tiempo que me llamó la atención. Puede parecer también una pérdida de respeto a la Historia, nuestra Historia: si quitas dosmil años es como vivir sin pasado y es ahí donde entra lo complejo y lo interesante del asunto, que a uno le encanta la Historia. O sea que no, que no es eso.
     Para abreviar el cuento: comprendemos nuestra Historia, comprendemos nuestra vida, pero hay que hacer un esfuerzo por desprenderse de lastres que ya no hagan falta. Como no sé si he sido claro, y aunque este foro no lo lea ni Perry, intentaré decir como mejor sepa que, esos lastres pueden ser maneras de vivir, de actuar (qué verbo más retorcido y emocionante, actuar) que requieran un esfuerzo, incluso sacrificios, y que entonces la palabra lastre no es dejarse, sino todo lo contrario o ni eso.
     Bienvenido dos mil catorce, gracias por dejarme entrar.

domingo, 20 de octubre de 2013

EL CIELO QUE VIO CERVANTES


     Cuando Cervantes venía montado a caballo cruzando La Mancha, como recaudador del rey, no estaban plantados estos arbolillos tan bien alineados a la derecha, ni el camino tan bien asentado, ni las huellas de neumáticos de tractores cruzaban esta tierra. Tal vez los olivos sí los vio así, y tampoco podemos estar seguros.
     Pero el cielo sí. El cielo era este; justo antes de ver los molinos de La Mancha, aquí en Campo de Criptana. Qué recordó en la cárcel de la calle Sierpes para sonreír tristemente y escribir que unos molinos eran gigantes; qué preocupaciones tan graves nublaban su rostro, cuando una vez libre del cautiverio de Argel, tuvo que soportar otra prisión en Sevilla. Errando oscuro por su dura España que escribió Borges.
     Creo que tienen razón los japoneses que vienen aquí preguntando por Don Quijote. Yo también he entrevisto a Cervantes, en el cielo incierto que hace de escenario para los molinos cervantinos, los que se ven cuando uno llega a la última curva del camino.

lunes, 7 de enero de 2013

TOLEDO (MENOS) OLVIDADO



          Llegué pronto. En la puerta de la sinagoga del Tránsito una furgoneta, dos chicos descargando sillas. Ni un alma en el resto de la calle. Me quedo un rato esperando a ver si viene alguien, o sale alguien del templo, para preguntarle a qué hora comienza el acto. Y, justo, sale una pareja de turistas con una mujer que trabaja allí, cuando les ha dado las indicaciones que ellos pedían, para ir a no sé donde, me acerco educadamente, le digo buenas tardes, ella me las devuelve, y me entero de que sí, que he llegado pronto. Como tengo tiempo, me aventuro a perderme por las callejuelas de Toledo. Porque eso es Toledo, un laberinto esperando a que llegue alguien con capacidad de asombro, aunque ya lo haya visitado antes. Y me alejo de la sinagoga, en una tarde ya metida en noche, fría, por las calles solitarias, paso por detrás de Las Cortes, llego a una barandilla oscura, allá abajo el Tajo, me quedo quieto, mirando atentamente las aguas negras, escuchando el viento. Sigo mi camino al laberinto. Y entonces, lo he vuelto a conseguir, he llegado a una calle donde no había estado antes, o donde no recuerdo haber pasado nunca, qué más da, es como un juego que se le hace a la propia ciudad, al trazado. Un juego, pero al revés, porque lo que quieres es que te pille en un renuncio el laberinto, es decir ganar cuando te gana él, ella, laberinto y ciudad. Luego leo "Escuela de traductores" en un panel de plástico, anunciando a una portada con cientos de años, allí esperándome por los siglos de los siglos, la plaza es para mí solo. Ciudad de espejismos. Hotel Santa Isabel, junto al convento del mismo nombre. Me gusta la plaza, pero se acerca la hora, y me alejo de ella, por una calle, que está sí. Está sí que no la he pisado en mi vida, y cuando levanto la vista del suelo, veo allá en lo alto y hacia donde me dirigen mis ignorantes pasos la torre iluminada en azul de la catedral. Una vez en la plaza del ayuntamiento, ya sé ir hacia la sinagoga del Tránsito, y me dejo de cuentos, aligero el paso, no me quiero quedar fuera.

          Una vez dentro, llena la sala de oración, de sillas ocupadas. Eduardo en la parte delantera, cerca del hejal judío o cerca del altar cristiano, según se mire. O, si queremos, las dos cosas, pues la sinagoga fue después iglesia. Sinagoga del Tránsito por un cuadro, El Tránsito de la Virgen. Eso es lo que hace el tiempo con nosotros, convierte en palabras lo que los humanos no concebimos de forma racional... y sin embargo somos nosotros, fueron nuestros antepasados los que unieron las palabras sinagoga / tránsito (de la Virgen). Por una costumbre, un provincianismo, convierten la denominación del templo en algo universal. El cuadro se puede ver en el museo del Prado, mediados del siglo XVI, Juan Correa de Vivar. Es útil ir a verlo. Lo digo por esa sonrisa condescendiente con la que miramos al pasado. El cuadro te cuenta que aquello iba en serio, que si somos capaces de quitarnos tanta basura visual de la que nos rodeamos (tele, internet, revistas...) y de la que nos rodean (paneles en carretera, publicidad diversa...), y dejas un poco en blanco el lienzo propio, verás la cara de María agonizando. No es la cara de María, claro, es la cara de alguna persona muriendo que conoció Juan Correa, y que en esa persona vería el pintor cualidades, virtudes para hacer de modelo tan alto. Pero, creía en ello, o lo dismuló muy bien, porque es cuando vuelves la cara al periódico y ves los atentados de Oriente Medio de otra forma. La Historia de verdad. La cara blanca, la muerte pintada (hay que intentar pensar que Juan Correa no fue al cine ni pudo ver en su casa Drácula, ni leches), esos apósotoles que saben que se va la madre de Dios. Es fácil imaginar a devotos y devotas, siglos XV, XVI y XVII, viniendo aquí a su iglesia de San Benito, y poco a poco ir cambiándole el nombre, "vamos a la capilla  del Tránsito", hasta que mucho más tarde, cuando se empezó a ver el mundo antiguo como un museo, se le fue llamando sinagoga del Tránsito.La universalidad de Toledo, de nuestra Historia.

          Aterrizo aturdido desde una sala del Prado a donde realmente estoy (¿?). Va a empezar la presentación, y ya tengo el libro en mis manos. No le he sacado el plástico, puede llover al salir, y así va mejor, romperé la ansiedad más tarde a la luz del flexo, con el concierto de Iberia de Albéniz a manos de la pianista Rosa Torres-Pardo. Pero el acto todavía no empieza, parece que hay atasco en la entrada, mucha gente no puede pasar y se ve al personal de seguridad controlando los sitios que quedan libres. Todavía puedo volar de allí un rato, escalando por las yeserías donde duerme el tiempo y llego a una página web que descubrí hace ya bastante tiempo. Muchas horas pasadas delante de tantas fotos en blanco y negro en el ordenador, conociendo Toledo, haciéndolo menos olvidado, igual de misterioso, que eso no se pierda... que eso, no se pierda. Fotos del Tajo, extraño, pero el mismo. Mil ochocientos y pico... buf, si hacía nada se había ido Napoleón de España, las guerras Carlistas estaban en algunos casos todavía bullendo por el Norte. Edificios, gentes, costumbres. Uno que gusta perderse también en libros de Blasco Ibáñez o Galdós, los veía, presentía, en aquellas imágenes, lo que ellos contaban en sus páginas, de alguna manera. Aquel blog, Toledo Olvidado, te hacía ser consciente de dónde estabas, de quién había pasado por allí, Juanelo, Einstein, Sorolla; también personas anónimas de la intrahistoria, los que habitaban aquel hormiguero milenario, y en los paseos por Toledo, sobre todo cuando la soledad se hacía la dueña de la ciudad, cuando el misterio bajaba como una niebla invisible desde las almenas de las murallas y se enroscaba en el relieve de los blasones, cuando se sentía en aquel ave oscura surgiendo de la orilla del Tajo que volaba en la misma dirección del río, perdiéndose en alguna espesura, cuando el sol iba despareciendo, todo parecía tener un sentido cuando se consumía la tarde entre el anaranjado del oeste que se ve desde los ventanales de la cafetería del Alcázar y el cielo negro del Este que te llega con un escalofrío, mirando venir la noche apoyado en el pretil del puente San Martín.

          Qué puedo contar de la presentación. El reconocido breve llanto de una niña. Un fotógrafo americano de pie, sin asiento, testigo de excepción, que no pide un aplauso que merece y se lo damos. Palabras emotivas de Eduardo en su recorrido por la página web. Se equivocó en una cosa: no sólo los habitantes de Toledo cuelgan en las paredes de sus casas cuadros o fotos de su propia ciudad, en Cuenca también nos gusta, pero entiendo qué quiere explicar con eso. Miro hacia la zona donde cumplían el rito las mujeres judías, arriba en la balconada lateral; caras expectantes. Los que estuvimos sabemos que aquello era importante, que el esfuerzo de Eduardo, su pasión, la nuestra, las nuestras, todo aquello mereció, merece la pena. Me hubiese gustado haberme acercado a darle la mano al creador, al que nos reunió, darle las gracias, pero hay demasiada gente, no, hoy no.
Salgo y no cruzo palabra con nadie, me alejo con el libro bajo el brazo, por la estrecha calle de Samuel Leví, Reyes Católicos, San Juan de los Reyes, puente de San Martín, camino del coche, parecen aguantar mejor el misterio los duendes nocturnos de Toledo, así, sin hablar, parecen guiñarme un ojo cómplice los duendes toledanos en los detalles de la ciudad solitaria y sin nadie.

          Y después, la fiesta, el encuentro. El libro es grande, está muy trabajado hasta el último detalle, se nota, ni un emblema ni medio de ningún partido ni institución, ni falta que hace. La portada contrasta con la contraportada, pero son caras de la misma moneda: Toledo.
          Me gusta aquella mujer de espaldas, no le puedo ver la cara pero sí sé que se sobrecoge ante la belleza de la Vega Baja, no sabemos explicarlo, pero nos gusta mirar esta foto, su sombra lateral alargada, las manos que sujetan con emoción la sombrilla y el abanico.
          Por el otro lado, en la contraportada, dos alpargatas bien puestas, en unos pies sin calcetines, cuyo dueño posa con tiento ante la foto, antes de seguir con las cántaras de agua. El azacán, sentado con las piernas de un solo lado, sujeta templado con la mano izquierda la humilde rienda del borrico; como un conde duque de olivares confiado sujeta la vara de mando de su montura con la diestra; un rostro curtido por el sol y el tiempo, este rostro ya lo hemos visto en tipos populares de Velázquez.
          Dos caras de la misma moneda: el romanticismo de los que estaban viendo una ciudad para mirar, observar y fotografiar, y otros, los que sólo podían ser fotografiados representaban la cotidianeidad, la costumbre, las gentes que vivían en su tiempo.
          Me asomo al libro, ya tengo los cascos puestos y van pasando los acordes de Iberia de Albéniz sobre las imágenes, los nombres de las composiciones musicales no tienen que ver con Toledo, y sin embargo... si dejas la mirada posarse lentamente en esas fotografías, pareces encontrar la clave, la puerta que el tiempo dejó allí, para que puedas entrar a este paraje, a aquella plaza, dando un sentido más hondo las notas musicales a lo que se ve, no me importa que Albéniz tomara otros lugares de la vieja Iberia para componer, pues presientes que algo une los dos elementos, hay una complicidad, no puede ser casual que esas notas entren de puntillas sobre las aguas del Tajo en blanco y negro, se cuelen en iglesias y conventos, o rodeen a distintos tipos populares sin que molesten. Alguien dijo que en Toledo estaba escrita la Historia de España para quien supiera leer en sus calles... sí, definitivamente, me convenzo, sin lugar a dudas sobre la comunión entre la música y las imágenes. Posiblemente, la concordancia entre estas notas soñadas por un catalán allá en el sur y esta selección de fotos en blanco y negro, sea la condición de universalidad de ambas. Quién sabe.

          Algo que me atrapa sin remedio es que el tiempo parece haberse detenido allí. Yo sé que si voy ahora mismo a la plaza del ayuntamiento, estará llena de turistas, una cierta algarabía de voces de niños, clicks de cámaras fotográficas... y sin embargo, la foto 49 del libro, tomada hacia 1870, la plaza tan cambiada, me deja entrar allí, sentarme con todos aquellos hombres con el sombrero bien puesto, sentarme en esa valla corredera baja de granito y apoyar mi espalda en la elegante barandilla de hierro, que hoy no está, pero he logrado pasar, saltar, recorrer la línea del tiempo. Podría describir muchas fotografías. Por hoy, vale, me quedaré sentado bajo estas farolas que no existen ya.

MONEDAS DE JUGUETE

    

          No sé nada de economía, esta entrada del blog es sólo una ocurrencia, que ni siquiera es ingeniosa porque seguro que se le ha ocurrido antes a alguien. Y seguramente con la peseta en España, la lira en Italia y el marco alemán en Alemania, por ejemplo, habría pasado lo mismo que nos está pasando, pero he visto dos cosas en estas vacaciones navideñas que me han tráido hasta el blog.

          El otro día vi en un bar una colección impresionante de billetes puestos como adorno en la pared de muchos países, distintos colores, texturas, caras, tamaños... me gustó, me pareció que me llegaba algo de aquellos países, que no me llega con los billetes de euro, que evidentemente, son iguales. Uno que frecuenta Madrid, y algunos de sus museos, tiene la suerte de que cuando realiza alguna compra, le devuelven monedas con símbolos, personajes, monumentos que sí identifican a otros países, pero no es lo mismo.
          A esta visión romántica, estúpida dirá alguien práctico, se unió que en una cena hace poco donde había nenes de la familia, un camarero les sacó un saquito con monedas y billetes que envolvían chocolatinas como el que muestra la foto de más arriba. Y esa imagen me recordó dos cosas: una, un recuerdo, el de la presentación que nos hicieron radios, televisiones y periódicos sobre el euro, todo maravilloso; dos, la letra de una canción, "cuando todos los caminos llevan a la cárcel de las monedas, hay que ser muy ambicioso, porque no flota una balsa de madera".


          Una vez sacadas las monedas y dar buena cuenta, quedaron los envoltorios encima de la mesa. Y ahí es donde vi el paralelismo entre el euro de verdad con aquellos de chocolate, de mentirijilla,  de juguete, cuando sus envoltorios se revelaron en lo que eran, su máscara, su redondeo y su mentira.

domingo, 6 de enero de 2013

ZÓBEL TRADUCE A GOYA

         

          Hemos venido a ver los Disparates de Goya al museo de arte abstracto, y lo que me trae aquí, a estas postales recién compradas pues no tengo libreta, moleskine ni cuadernillo que quite el mono de escribir no son propiamente los grabados de Goya.
          Las postales recién adquiridas no tienen como fin ningún buzón de amigo ni familiar, en principio, sólo son para escribir. Son las dos idénticas, para que no me pensase dos veces escribir detrás de ellas, para que las pudiera maltratar y doblarlas en dos por facilitar la escritura en el aire, sin más apoyo que mi mano izquierda. En la mitad inferior un grabado de Cuenca antigua, antes de que se hundiera la torre de la catedral, sobre magenta, en la parte superior la palabra Cuenca en mayúsculas y jugando como jugaba el equipo Crónica con la tipografía, huecas palabras y grises los bordes, entre el título y  el grabado de Cuenca antigua Museo de Arte Abstracto español, con su símbolo, circunferencia encuadrada en cuadrado, la circunferencia radiada de ojos, múltpiles ojos para múltiples visiones del arte.
          Lo que me trae aquí, a la parte en blanco de las postales es un boceto, dibujo, reinterpretación, aproximación que Zobel hace de Goya, imitando a la manera de Bacon un cuadro del aragonés, no un grabado: el cuadro de Leocadia Zorrilla; intenta ser una radiografía pero no violenta, o no con toda la violencia de Francis Bacon sino como un fogonazo, ha dejado el espacio donde debía ir el rostro en blanco, no está esa mirada dura al vacío, extraviada, un punto melancólica, sobre todo hueca, ciega, como son la mayor parte de las víctimas de los disparates que después he visto. No busca Zóbel la esencia de Goya por ahí, vuelca la interpretación de la verdad de Goya en su vestido negro, y en la zona de la derecha del cuadro, donde se apoya Leocadia. En el cuadro de Goya es una masa marrón, una roca donde se apoya totalmente la mujer, pero donde no hay nada más que eso, una masa informe. Zóbel hace esa zona buscando la esencia oscura que nos transmite Goya, jugando con trazos que pugnan por ser más que una mancha, lo que descarta evitando el rostro del personaje nos lo muestra, nos lo traduce de Goya en esos negros y grises.
          A los pies del acrílico unas palabras de Zóbel, escritas en la misma hoja del cuaderno al que pertenece: "como en tantas otras ocasiones, pero más claramente que en ninguna, el eje, el protagonista del cuadro es el vacío". Ese vacío, se convirtió en un grito ciego en el cuadro de El perro, pues es muy parecido lo que pinta en la zona donde se apoya la mujer, con la zona donde el perro busca sin ver.

         

domingo, 30 de diciembre de 2012

LA MITAD INVISIBLE: Camino Soria (TVE)

   

          Conocí a Jaime Urrutia gracias a Andrés Calamaro. No, nunca le he dado la mano, ni nada de eso. Fue él encima de un escenario, junto a Andrelo, yo abajo coreando Te quiero igual y después Cuatro rosas. El respeto de Andrés a Jaime me hizo reescucharlo de forma distinta, pues aunque me gustaba nunca me había parado a mirar y observar a los Gabinete. Para decir toda la verdad no fue en Pamplona donde me volví hacia aquellas letras ochenteras como las veo hoy, fue una noche memorable a orillas del Manzanares (otro río pero más humilde que el Duero), en la sala La Riviera en los madriles. Calamaro había terminado el concierto y se iba del escenario, y los bises ya se habían tocado, pero aquello hervía, nunca, en los veintitantos conciertos en los que había estado de Andrés, la gente aplaudía como aquella noche (no cuenta el concierto de El Regreso, 18 de noviembre de 2005, por motivos suficientes), era ensordecedor el clamor, sabíamos que aquella noche era especial. Andrelo se paró, y se dio la vuelta hacia los ojos de Candy Caramelo, intercambiaron cuatro palabras, y el comandante se puso en su lugar y la banda en el suyo. Y tras los primero toques de arranque en la batería del Niño Bruno, comenzaron a cantar Cuatro rosas. Y aquello ya era un barco que se hundía, y todos contentos del naufragio, pues las canciones eran los trozos de madera de las cuadernas del barco en el Manzanares donde aferrarnos para llegar a la playa más cercana, a los paraísos perdidos.
Allí conocí a Jaime Urrutia, de forma indirecta, legendaria, en La Riviera. Ya sabíamos que esa noche iba a ser especial pues en la puerta del local estaba Andy Chango, con el que cantamos Queda muy poco de mí. Era un buen augurio.

          Juan Carlos Ortega era el de los ancianos de Crónicas marcianas cuando se podía ver Crónicas marcianas. De todas sus apariciones en el programa sólo recuerdo una, genial, en la que vendía literatura en sobres, tal cual, ¿quiere usted leerse La divina comedia, El Quijote o El conde de Montecristo sin ninguna dificultad? pues tome uno de estos sobres... Y entonces Juan Carlos Ortega, muy serio, sacaba un sobre como esos de sopas del supermercado, en el que se anunciaba La divina comedia, por ejemplo, lo abría y lo volcaba en un plato donde después echaba agua. Literatura sencilla, lista para consumir. No sé por qué me ha recordado a los libros electrónicos. Pero habrá sido un desliz mío, no tiene nada que ver.
          Pasado el tiempo me aficioné al programa No es un día cualquiera, en RNE, de Pepa Fernández. Y me convertí en escuchante fiel, gracias a todos los colaboradores y al buen hacer de la chica que lleva el timón del programa, donde sábados y domingos hacía el tiempo corto pero ancho. Aunque había una sección que me gustaba especialmente: Cuentos para Ulises. Historias, historietas que ocurrían en países muy lejanos, que ponían (que ponen) patas arriba la realidad y la cotidianidad, para sonreír y pensar, y cuando compré el libro con el cedé me di cuenta de que los cuentos de Ortega son para ser escuchados pero también leídos, acompañados de esas fotos, asépticas, terroríficas, un punto graciosas, pero con más vocación de lucidez que de carcajada. Me recordaron a la atmósfera de Ensayo sobre la ceguera. No tan crudo, pero así, más o menos.

          En las vacaciones, estas, navideñas, ahora que tengo más tiempo he estado frecuentando vídeos que tenía pendientes, entrevistas, y otras hierbas. Y La mitad invisible. Ya había visto muchas veces algunos de mis favoritos, el de El entierro del conde de Orgaz, las Meninas, La Alhambra y por supuesto el que me enganchó: Las Pinturas negras de Goya, pues fue mi primer contacto con el programa de Ortega.
          La Mitad invisible es un programa original en el mejor sentido que se nos ocurra, fácil de ver pero que no ha de ser sencillo grabar, pues busca constantemente crear una atmósfera volcada hacia el objeto, la ciudad, el monumento, la obra en definitiva de la que trate el programa. Y eso, si no se crea, si no se cree en  el asunto, no sale. Nunca con solemnidades que rebaja de forma inteligente Juan Carlos con su humor perenne, vivo, brillando siempre tras esos ojillos oscuros, de ratoncillo silvestre, lejos de la carcajada y muy cerca de la saludable sonrisa no forzada.

          Ayer paseé junto a los chicos de LMI por Sigüenza, toqué el doncel de Sigüenza, sus manos, sus ojos abiertos, sus pies mantenidos por el pajecillo y también tuve la suerte de sentarme con el canónigo archivero, don Felipe Gil Peces Barbas, a ver los tomos antiguos del los siglos XV y XVI, que sirvieron en la guerra de parapeto, y por eso tienen incrustadas balas, "esta escultura (el doncel) es la división entre la Edad Media y al Edad Moderna... entre el mundo de los castillos y el mundo de la cultura" le cuenta el archivero al periodista, que sentados alrededor de un vetusto pupitre de madera rodeados de libros con cantos parduzcos, con colores que hablan de la Historia, parecen más bien maestro y discípulo. Y así don Felipe termina con palabras importantes que Juan Carlos, apoyada la barbilla en sus manos que a su vez descansan sobre antiguos libros, escucha cual esponja: "Y otra lectura (sobre el doncel)... ante la muerte un caballero cristiano no tiene miedo, ni trauma..."

          Con esta serenidad, nos dormimos ayer. Y hoy me he decantado por Camino Soria, el último programa LMI. Y después de verlo me he venido por el blog, a divagar.
          "Yo prefiero no dar pelos y señales... ahora, yo sé que cuando ella escuchó Camino Soria... ¡ah!, se debió de poner...", le cuenta Jaime Urrutia a Juan Carlos Ortega, bajo un cielo nublado, en la orilla de una carretera secundaria poco transitada, la funda de la guitarra de Urrutia en el suelo, cerrada, el instrumento a buen recaudo, esperando a ningún coche, haciéndose confesiones en el camino a Soria, como si sólo en el camino se pudiese uno desnudar, y donde de verdad nos encontramos a nosotros mismos, pues en la meta, en el objetivo, no hay nada. Pero vayamos al principio.
          Empieza el encuentro de la mejor manera soñada, en una estación de trenes, Juan Carlos en el andén espera al músico, que llega con la camisa con solapas exageradamente abiertas, camiseta blanca en el fondo del pecho y encima una chaqueta. En la cabeza la gorra de chulapo madrileño a cuadros. Todo él se recorta en el perfil de Juan Carlos que estaba silbando la canción, y poco a poco la imagen se va haciendo más nítida, con andares chulapos como la gorra, hasta que llega a la altura del periodista. Ahí apretón de manos y abrazo. Comienza el viaje, camino Soria.
          Si quitamos el sonido del vídeo vemos imágenes muy buenas, descriptivas, a la búsqueda de los motivos del tema, las claves de Gabinete Caligari, los otros componentes de la banda, locales míticos, Tablada 25 (donde se gestó), influencias "beatleianas" y también los Kinks, personas que vivieron la época, sitios, lugares, detalles.
          Me extraña que Ortega no haya hecho mención en ningún momento a la mítica película de Robert Wiene que da nombre al grupo de los ochenta, pues podría haber jugado como le gusta jugar a él, con los dobles sentidos, los alegres y extraños encuentros entre cosas, convertidas en juguetes, entre Gabinete grupo y Dr. Caligari película. Es extraño que Ortega no haya cogido de la película los escenarios desproporcionados, de sillas gigantes y pueblos apiñados donde se pueden coger las casitas, y haber hecho un montaje con un videoclip de los gabinete, hubiera sido brutal, aunque sólo fueran dos segundos de esos que meten en un pequeño batiburrillo de imágenes en apariencia triviales.
          Como anécdota especial, para uno de Cuenca como yo, es que la canción se iba a titular Camino Cuenca, la excusa que pone Jaime es que Soria rima con más palabras que Cuenca... lástima... aunque tal vez sea mejor así, pues aquí en Cuenca no están esos paisajes castellanos desolados, melancólicos, es cierto que tenemos las hoces del Huécar y el Júcar, en esta última los otoños son para venirse a vivir aquí. Pero Cuenca Cuenca, Cuenca ciudad, la alta, la altiva, la colgada en el firmamento tiene demasiada importancia para dejar espacio a la tristeza del alma de Urrutia, demasiado empinada para dejar caer penas, que pueden hacer ruido rodando. Ni siquiera Soria es el escenario, son aquellas extensiones inabarcables, donde se sentaba Unamuno a suspirar y preguntarse por Dios y por España. Hay más espacio para que el alma se expanda por esos parajes y parar al borde del río, donde se consigue la alquimia, cuando se vislumbra la mitad invisible, el momento en que le canta Urrutia a Ortega Camino Soria, guitarra en mano... y entonces... entonces se pone a llover sobre las hojas colocadas como un escenario improvisado. Llueve y Jaime sonríe, y Juan Carlos mira al cielo, como si hubiese unos tramoyistas que han abierto una compuerta para terminar de completar la melancolía que allí se conjura... melancolía extrañamente confortable.
       

miércoles, 26 de diciembre de 2012

NUESTRO HOMBRE EN WATERLOO (justamente recordado)



          "El aire se llena de ensordecedor tronar de los cañones, el chasquido de los fusiles y el retumbar de la caballería" cuenta Jacinto Antón en su regalo de navidad para enfermos de la Historia en forma de artículo en El País. Cuenta que eso es lo que recrea en la novela su autor: Ildefonso Arenas, "impasible entre la ventisca, con las espesas cejas que le dan un aire de mariscal ruso casi heladas", decribe de él el periodista, y es que cuando uno pasa rápido las hojas del periódico, buscando la sección cultura donde de vez en cuando se encuentran tesoros como este, y se topa de repente sobre el título del artículo con un cuadro espectacular sobre una batalla (La defensa de La Haye-Sainte por la legión alemana del rey, de A. Northern) y más abajo y en medio del texto una foto con ese extraño señor, no sabe si es un lienzo de alguien de la época porque la niebla lo hace todavía más misterioso, si es un familiar descendiente de alguien que estuvo allí o si es el escritor, que es lo que se va haciendo evidente cuando miras más despacio, y ya empiezas a leer y emboscarte en la Historia gracias a la pasión que traslucen las palabras de Jacinto Antón.

          "Piso en este día gris el embarrado campo de batalla de Waterloo...", comienza el artículo, como si ese barro, aunque manche tus botas hoy, fuera el mismo que pisaron los ejércitos de la batalla de Waterloo, "...y la tierra parece rezumar sangre bajo mi bota"; inmediatamente te sientes identificado con el periodista. Cuántas veces hemos tocado las piedras talladas de las murallas de una antigua ciudad o de un castillo, cuántas hemos mirado al suelo, donde sabemos por los libros leídos que por allí pasaron legiones romanas o personajes que nos mantuvieron despiertos noches enteras, pasando página tras página, como una acto fatal diría Borges, ya que no puedes detenerte. 

          No podía faltar Pérez-Reverte en el artículo, aunque no esté su nombre escrito por ningún lado, late la misma pasión por la Historia, y es que me parece haber leído del mismo Arturo alguna vez que un familiar suyo estuvo por los parajes donde se dan cita Ildefonso Arenas y Jacinto Antón, bajo bandera que enmarcaba en el suelo la sombra del águila. Pero donde más patente (de corso) se hace su presencia es cuando cuenta el periodista que "durante una parada piadosa en el Museo Hergé de Louvain-la-Neuve, me ha parecido escuchar entre las viñetas de Tintín el temible fragor de los coraceros". 

          El artículo es despiadado contra los que no queremos comprar más libros, y nos da excusas continuamente para romper ese pacto con nosotros mismos, de no ir a la librería a por más libros nuevos, y ceñirnos a los de la biblioteca, "Ildefonso Arenas (Madrid, 1947) ha alumbrado una novela extraordianria: por el tamaño (1.214 páginas: imaginen lo que es llevarla en Ryanair y arrastrarla por media Bélgica, lloviendo)", antes de seguir enumerando las razones que hacen de este libro una novela extraordinaria, esto de las 1.214 páginas me ha recordado algo que dice Fernando Fernán Gómez en la película La silla de Fernando: el actor comentaba que los españoles no es que tengamos envidia, es que es peor que eso, porque envidia sería querer escribir un libro como El Quijote, es decir sentarse y ponerse a la tarea, pero lo que nos pasa no es que queramos escribirlo, lo que deseamos es que no lo escriba nadie. 
Y lo que me llamó en su momento la atención fue cómo en pocas palabras, tal vez de forma inconsciente, expresaba la inmensa dificultad que suponía (que supone) escribir El Quijote, aun siendo Cervantes. "Hay que sentarse y escribir 1.200 páginas".  
Por otra parte eso de llevar un libro pesado de viaje como sé lo que es, me ha hecho sonreír, ahora que están tan de moda los libros electrónicos (la palabra moda se está volviendo anticuada, que no antigua, ya le gustaría a ella).
Ahora sí, transcribamos de Jacinto Antón más razones para salir corriendo a comprar el libro... "el asunto (la última campaña de Napoleón y el antes y después de la misma) y la calidad literaria. Es Álava en Waterloo una novela histórica de las importantes, grandísimo fresco de una época...".

          Y si todavía nos quedaban dudas sobre si leernos el libro o no hacerlo, nos deja para la segunda mitad del artículo lo mejor: "se centra (el libro) en un personaje sensacional de nuestra historia al que resucita y reivindica: el militar y diplomático español "injustamente olvidado" Miguel de Álava (Vitoria 1772-Baréges, 1843"; el periodista ha encerrado entre las comillas "injustamente olvidado", no sabemos si mientras las tecleaba estaba sonriendo, pensando en que casi todos nuestros antepasados que han hecho en la Historia algo, son "casi siempre" olvidados. O tal vez sólo estaba transcribiendo lo que ha dicho o escrito del personaje el escritor.
"Liberal, ilustrado y sospechoso de masón, Fernando VII lo hizo encerrar, aunque luego se lo cedió a Wellington, al que no podía negarle nada", si Fernando VII lo hizo encerrar seguro que Miguel de Álava tuvo un comportamiento ejemplar.

          Aparte de abrirnos el apetito lector, nos abre también el viajero: dan ganas de buscar por google maps los sitios, coger un avión y, libro en mano, revivir el mismo itinerario que hacen escritor y periodista. Mil gracias a Jacinto Antón por este artículo donde hemos sentido el estruendo de los cañones, los cascos del caballo de Napoleón huyendo cerca del puente sobre el río Dyle y estremecernos al escuchar "Keine gefangenen" en boca de húsares y ulanos. 
Y antes de que se haga de noche tras la batalla, nos quitaremos el sombrero en la iglesia de Saint Joseph ante las estelas conmemorativas de los caídos en Waterloo.

 (Esta entrada del blog hace referencia a un artículo publicado en El País, el lunes 24 de diciembre de 2012, titulado "Nuestro hombre en Waterloo")