sábado, 3 de noviembre de 2012

EL PAISAJISTA MARTÍN RICO EN EL MUSEO DEL PRADO




            El Prado sabe organizar estas exposiciones mejor que nadie. Se puede ver en el nuevo edificio de los Jerónimos. Te recibe un gran frontal beige clarito ocupando toda la pared, y ese color va a ser el fondo neutral, sereno, que te acompaña sin molestar durante toda la exposición; las letras grandes del nombre de la exposición “El paisajista Martín Rico 1833-1908" en relieve y gris más oscuro que el fondo.
              Esta es la puerta, una puerta de entrada que buscas en el Prado, de salida también de preocupaciones cotidianas, distinta del resto de los días de la semana, una puerta más fácil de hallar los días fríos de invierno pero soleados de Madrid.
              Lo que a continuación se puede leer no son descripciones precisas, ni estudios con rigor sobre nada; sí algunas palabras que me sacaron los cuadros, al mismo pie de los marcos que encuadran los lienzos. De una pequeña libreta hasta aquí:

UNA CALLE DE SEGOVIA
1858. Acuarela sobre papel.
         Se ve un trocito de acueducto al fondo. Un hombre a pie está con su borriquillo en el lado de sombra de la calle. Al sol y en primer término a la derecha (aunque es una acuarela pintada desde lejos), dos tipos de allí, populares, típicos.
         Parecen recién pintados hoy, pero ayer. La acuarela no da lugar a corrección, así que tal como los vio los pintó. Es decir, son una “primera toma” que se diría en el cine, y si no se dice así en el argot del cine, así lo entiende uno. El autor los vio, le sugirieron algo, y así nos los hizo llegar. Uno de los dos tipos, el que está de pie, parece ofrecerle algo al otro, un jarrillo parece, sentado en el suelo con la espalda en la pared blanca de una casa. Pared encalada como la de mis abuelos. El tiempo pasado nos llega por esas “puertas”.
         Ayer, hoy. Y sin embargo, hoy no hay nada; es más bien el deseo del pintor de perpetuar aquel ayer, que fue ahora, hoy, para ellos.

LA MESETA DE CASTILLA
1853-58. Acuarela sobre papel.
         Aquí está el amarillo león, la sequedad de Castilla, más al fondo ocres apagados casi muertos, que desolaron a Camille Mauclair en su libro La espléndida y áspera España, cuando cruzó Castilla.
         Muy pequeñas las personas caminando por un camino solitario, sin árboles flanqueándolos. Personas más reales para él que una foto, por eso mismo. Porque él las vio así. Y el cielo demasiado inmenso, controlando todo.

VISTA DE COVADONGA
1856. Óleo sobre lienzo
         Los contrastes entre la zona iluminada contra la zona en sombras, son los mismos que se ven desde el coche en las montañas cuando estás en el Norte, De Haes también lo consigue, eso de situarte en el Norte desde El Prado.
         Si Martín Rico hubiese viajado en coche habitualmente ¿hubiese podido captar tantos matices, sentirse subyugado realmente por esa imagen? ¿Detenerse minutos, horas, días ante esta belleza, para poder imprimir luego ese realismo con que le etiquetan los entendidos?
         En el cuadro no hay turistas, ni coches, ni autobuses, ni guías turísticos, ni funcionarios del “complejo turístico”. Sólo acompañan a la Virgen de Covadonga y a la tumba de Pelayo unos pocos lugareños sin cámaras de fotos: tres que hablan en la parte inferior del lienzo, sobre el puente, y una “rapaza” que sube por un camino de tierra al santuario.
         El silencio, esto nos llega. Hoy estamos rodeados de carteles, propagandas, pantallas, que intentan llamarnos la atención, son, diría un publicista emocionado, “gritos en la imagen”.
         No aquí: es la quietud la que sin querer nos transmite el misterio del cuadro.

PAISAJE DE LA CASA DE CAMPO
1861. Óleo sobre lienzo
         Hay dos cuadros otoñales muy parecidos en la exposición. Uno es el boceto de este ante el que me paro. Brahms pareció componer sus sinfonías tercera y cuarta viendo unos cuadros como estos. O Martín Rico escuchó a Brahms para hacer estos cuadros. O es el otoño el que nos llega de mano de pintores y músicos.
         Las notas más rigurosas de esas sinfonías parecen hacer referencia a los árboles más largos y verticales; por otro lado una especie de tiempo cojín, acolchado, suave tiene que ver con las notas más simpáticas. La música parece oscilar entre los tonos del lienzo que van desde la oscuridad suave de la sombra a la luz, a la sed de luz que parecen tener algunos árboles.
         También hay una niña. Está claro que hoy tendríamos que disfrazar a una niña para ver esta escena. Tal vez aquellos románticos necesitaban pintar aquellas escenas campestres, de niña rural, con vestido limpio rural, tres cabras por allí, acompañándola. Todo para dejarlo pintado, porque sabían que faltaba poco para desaparecer, bien lo sabía Bécquer que dejó constancia de ello en algunos artículos sobre nuestros tipos populares, donde avisaba de su peligro de extinción.
         Una parte de la idea del Romanticismo es otra cosa que vemos en el cuadro: reflejos en el agua de lo que previamente ha pintado el pintor. No el reflejo de la realidad. Es el reflejo de lo que él considera que ha visto, y así lo ha reflejado.

EL SENA EN POISSY
1869. Óleo sobre lienzo
         Parece mentira, pero hasta este momento de mi visita, hasta este cuadro no se me había ocurrido que me gustaría entrar en alguno de los lienzos. Lo que no tengo claro es donde estaría más a gusto, si en la orilla que se ve en el cuadro, con lo cual yo estaría viendo al pintor; bien en la orilla de Rico, para poder sentarme como algunos de los de enfrente, con un junquillo en la boca, viendo pasar el tiempo, los reflejos de la vegetación en el río; de las nubes queriéndose pintar de rosa. Consiguiendo precisamente que por no estar el rosa evidente en aquellas nubes, pero adivinándose en algunas pinceladas, el que mira esté continuamente pensando en ese rosa, como un deseo que no se pudo cumplir.

LAVANDERAS DE LA VARENNE, FRANCIA
1864-65. Óleo sobre lienzo
         No veo en el cuadro que del pintor Martín Rico pintó Sorolla (se ve ahí un hombre de los de antes, un Lope Garrido de Tristana sin la lujuria) nada que me haga suponer que buscara la visión de las posaderas de las lavanderas, más que el paisaje que se ve en la otra orilla y su reflejo en el río. Allí enfrente se ve una laderilla frondosa, césped que tupe la subida a la ciudad.
         Imagino que tardaría más en pintar el cuadro que lo que tardaron las lavanderas en limpiar la ropa. Una vez acabada la faena en el río, subirían con los cestos con espaldar que aparecen en el lienzo, cargadas, y se cruzarían con aquel misterioso pintor, de barba tupida también, como la ladera de enfrente. Tal vez ahí sí aprovecharía para mirar con intención, aunque elegante. Y sin embargo no veo ansiedad por acabar e irse con alguna de aquellas, de las más jóvenes, aquella que al cruzarse con él se ruborizara.

CUADERNILLOS DE VIAJE
         Viene acompañada la exposición por una serie de cuadernillos de pequeño tamaño, de viaje, donde aboceta paisajes, arquitecturas, muñecos animados en su lápiz, personillas, calles solitarias, ciudades enteras…
          Esto, pensándolo bien es mejor que si el artista hubiera llevado una cámara de fotos o hubiese comprado unas postales de los sitios, porque es su visión. En realidad, ¿qué tengo yo en común con una cámara de fotos? ¿Su inmaculada objetividad?, aséptica, nítida... ¿falsa?
         No. Tengo más en común con él, porque él respira, siente, se encuentra apasionado, encuentra la pasión de dibujar esas visiones y andanzas, por apoyarme en un título de Unamuno (algo de obsesivo tiene para el que mira la foto de Unamuno mirando los campos de Castilla desde el suelo de Castilla). Martín Rico nos trae sus días en aquellos lugares con una vieja palpitación de vida, un hálito que es el eslabón con el mundo antiguo, ya dormido en también antiguos y hojarascados laureles, que podemos observar hoy aquí. Es como un milagro.

EL PATIO DE LA ESCUELA
1871. Óleo sobre lienzo
         Cada cuadro tiene una entrada, una clave que te permite penetrar allí, comprenderlo, sumergirte en la obra. Se podría comparar esa parte del cuadro que ejerce de llave del cuadro, con las palabras del abate Faria con un tal Edmundo Dantes para lo que vino después.
         Cada persona encontrará la suya, la mía de este cuadro es la quinta niña empezando por los que están sentadas en hilera, de espaldas a la pared blanca del patio. Tiene una gracia especial, está sujetando con sus dos manecillas una prenda, con una seguridad en la mirada que nos desborda y nos desarma, también hay inocencia, candor, ternura… Ternura, eso es, es la ternura por aquella niña, cuya seguridad en doblar la prenda nos entristece pero nos admira. Es una seguridad que tiene por los tiempos duros que tuvo que vivir. Antes de la democracia en España todas las familias que no fueran ricas tuvieron tiempos duros. Desde niños toreando con todo lo que suponía la época.
         Hay más niñas a su lado, ocupando lateralmente toda la pared, frente nuestro. Quizá el pintor hablara con la maestra, "mire a ver si puede poner a las niñas pegadas a la pared, y que disimulen, que no miren para acá". Quizá no, y a la hora de coser en el patio se pusieran siempre así, para que la maestra pudiera observar los avances de las pequeñas y hacerles algunos comentarios; además también ellas sentadas así ven mejor cómo cose su maestra. La mayoría están cosiendo, otras están cogidas en plena conversación en voz baja o mirando atentamente como maneja la aguja y el hilo alguna compañera.
         Lo que atrapa del cuadro es la capacidad del pintor para captar y mostrar ese momento de silencio en el patio, de concentración en las que están cosiendo. Capacidad para hacernos llegar el sueño de la niña dormida, en una cara tan pequeña en el lienzo vemos el misterio, sentimos el secreto que guarda un niño en sus puños cerrados cuando duerme.
         De la maestra, que también cose, sólo vemos un breve escorzo, y sin embargo también nos llega la rudeza de sus arrugas en la cara: resignación, manos firmes y grandes que saben lo que hacen.
         Hay un gato vigilante a los pies de la anciana, vigilando algo que nosotros no vemos y que da tensión al conjunto del cuadro.
         Patio con arabescos, azulejos moriscos, macetas, niñas con moños o pañuelos en la cabeza, fuente circular en el centro, otro gato mirando a la niña que duerme y que marca la cadencia de la atmósfera de aquel patio de la escuela en Sevilla.

LA TORRE DE LAS DAMAS EN LA ALHAMBRA
1871. Óleo sobre lienzo
         Es un cuadro muy parecido a los que hizo Sorolla del mismo rincón de la Alhambra.
         Tres cosas resaltaré del lienzo:
         1. La sombra que proyecta el tejadillo sobre las ventanas de las torres y la pared amarillenta y rojiza, tan realista que podría ser la entrada en el cuadro, la llave de la que hablábamos antes.
         2. Siguiendo con las sombras, unas manchan las torres, provocan una sensación de movimiento de las ramas y hojas de los álamos. Desde pequeño, y es algo que de lo que no he sido consciente hasta hace poco, o que sé explicarlo desde hace poco; hay algo que me hace sentir vivo, aparte del poder respirar: el viento agitando las ramas de los árboles, el sonido que hacen, los árboles que no pueden hablar nos reclaman cuando se unen al viento, nos quieren decir algo, a lo mejor sólo eso, que estamos vivos, como ellos. Las hojas juguetean proyectando sus sombras temblorosas y alegres en las viejas paredes del pasado árabe de nuestra península. Todo eso hace el momento más intenso, y todo nos llega de algo estático como es un cuadro, sin artificio, sin truco, o sea, arte que dicen algunos.
         3. Volvemos a la atmósfera creada por la presencia de los niños como en el cuadro de la escuela. En este cuadro además pasa algo extraño, no es que queramos entrar nosotros en el cuadro, como me ocurrió en otros, es que nos sentimos como uno de esos niños atareados en la jaula de cañas, y por eso, como estamos ahí, allí, podemos sentir el sonido del viento bailando los álamos, de las ramas, del cielo limpio y azul, del sol internándose hasta nosotros. Luego, cuando cierren el museo y apaguen las luces, quedará congelada la escena, para que mañana otros ojos puedan ver esto y, si miran como deben, poder pasar a aquella Alhambra pasada, presente para siempre.

domingo, 23 de septiembre de 2012

RÓMPASE EN CASO DE EMERGENCIA

         

          No sólo viene esa recomendación en algunas placas que acompañan a las cajas rojas que guardan extintores o mangueras, cambiando la palabra emergencia por incendio; también nos lo aconsejan las pegatinas-palabras que cruzan las lunas laterales de los autobuses, en caso de emergencia, accidente, romper el cristal con el martillo que cuelga como equivalente moderno a las espadas y floretes que adornaban las panoplias de los salones donde se enseñaba esgrima en siglos pasados.
          Asimismo en la película El sargento de hierro, un mando militar superior de Tom Highway (Clint Eastwood), nada más entrar a trabajar bajo sus órdenes se le queja de que él pide buenos instructores y le mandan "reliquias", que a esos viejos pellejos, militares del Vietnam que son como trastos viejos que nadie sabe qué hacer con ellos, habría que meterlos en una vitrina, y sacarlos en caso de guerra, con el mismo cartel en la caja que llevan las de los extintores o las lunas de los autobuses.

          Pues bien, yo propongo también el mismo cartel para la caja que aparece en la foto, protegiendo a Sancho y Alonso: "Ábrase en caso de emergencia". No serían emergencias relacionadas con accidentes de tráfico o de incendios. Serían emergencias distintas. Tal vez debiéramos añadir bajo las palabras imperativas algún tipo de letra pequeña, con algunas orientaciones de cuándo es una emergencia; verbigracia: cuando en la televisión veamos a cienes de personas aplaudiendo a los dos primeros compradores del móvil de última generación, cuando en el divino silencio de las tardes de lectura y siesta y siesta y lectura rompa la paz el sonido infernal de una moto rasgando la calle, cuando en las radios y las teles salgan políticos y analistas políticas, analistos políticos y opinadores políticos y opinadoras políticas farfullando memeces, cuando un escritor de vanguardia salga en cualquier medio de (in)comunicación diciendo que le ha ayudado mucho el tuiter en su nueva forma de escribir novelas, porque ahora escribe con frases más cortas pero más directas; cuando en la sobremesa de una comida a la hora del café, nadie hable de maravillosas banalidades y se esclavice más con su móvil; es decir, cuando la estupidez nos rodee y nos cubra hasta el cuello, rómpase la caja, saque a Don Quijote y a Sancho Panza para arreglar, aunque sea desde la ficción, un poco el mundo, con humor, valentía y generosidad.

          (- ¿No sería mejor abrir el Quijote y ponerse a leerlo que lo que vuesamerced propone?, me preguntaría Don Quijote en miniatura.
            - No, mi señor, que es un libro muy gordo.- respondería Sancho).

domingo, 16 de septiembre de 2012

CERVANTES (Serie de TVE 1980)

          Habría que empezar a enseñar Cervantes a los adolescentes no desde el Quijote con risa floja sobre el capítulo de los molinos, sino desde el propio milagro del escritor, que pasando guerras, hambres, cautiverios y pérdida de un brazo, no perdiese ni la vida ni la mano que le permitiría escribir el mismo Quijote. Es asombroso.

          En la serie de Alfonso Ungría (director), la escena correspondiente al hierro con que marcaban en los Baños de Argel a los prisioneros cristianos me recuerda a un cuadro de Goya, Casa de Locos. Está conseguida esa parte de la serie, como el resto, por las escenas de un tirón y la crudeza visual. Los gritos de los que son marcados con el hierro candente son creíbles, como lo es la mirada de Miguel (Julián Mateos) cuando están marcando a su hermano, y no me parece mal asociar ya al actor con el autor de El Persiles. Tal vez un pero: la nariz parece algo más aguileña en el supuesto retrato de don Miguel en la RAE, pero no me importa; ahí está la frente clara, los ojos de la lucidez, los labios apretados dando cuenta de su discreción, su porte elegante y de aguante ante lo que venga.

          "Hoy esta serie no se podría hacer", dice Alfonso Ungría en una entrevista que viene con los dvd. Y nadie la vería, añado yo, hoy. ¿Porqué? Muy sencillo, es imposible que quitando cuatro "enfermos" por la obra de Cervantes y por lógica, también de su vida, vea esta serie nadie más.
Relato una escena lenta (no es lenta, es vacía para los ojos llenos de pan) que hoy nadie aguantaría porque tendría demasiada ansiedad por ver qué es lo último que se les ha ocurrido a sus amigos del guasap, su ultimísimo mensaje de jotmeil, su inaplazable cita con el feisbuk... para que se me entienda: se ve a don Miguel ya anciano paseando con el licenciado, andan unos veinticinco metros en una secuencia deliciosa, porque creemos estar delante de Cervantes en el siglo XVII. Caminan pausadamente, hablan de forma tranquila, sin buscar emociones de artificio, el lenguaje es del siglo de oro sin ser demasiado rebuscado ni pedante, y lo más importante, parece que no pasa nada.Quiero decir que en esos veinticinco metros de demora constante, de gustación en el caminar de los dos, de palabras suficientes para dar contenido a ese hueco de película, no pasa nada y sin embargo, al igual que ocurre con algunos personajes y pasajes de el Ingenioso Hidalgo, tenemos la sensación de estar allí con ellos, de que ese aire castellano detenido en la imagen de la serie, es el mismo que respiraba Cervantes junto a su amigo el licenciado, en las horas postrimeras, donde, como el aire, también sus recuerdos y deseos parecen quedarse arremansados en el río del tiempo.

domingo, 19 de agosto de 2012

LOS ESCRITORES Y SU PRIMER LIBRO


          He echado de menos la participación de más escritores que yo hubiese conocido en el artículo publicado en Babelia, suplemento cultural de El País, pero eso es más culpa mía que de la periodista que lo realiza, Leila Guerrero, por no leer prácticamente nada recién salido o publicado, ya sea best seller o pequeña publicación, es decir, cualquier tipo, que no es mi intención suponer a unas mejores que otras sin conocerlas.

          Se propone en el artículo el azar, el tesón, la picardía o la ingenuidad como condiciones, cualidades, elementos que se dan para que un autor sea publicado o no.
          Antonio Muñoz Molina, uno de los pocos autores de los cuales me he leído algún libro de los que aparecen en este artículo, dice: "Cuando le envié (a Pere Gimferrer) la novela que estaba escribiendo y me dijo que la quería editar, fue la alegría de mi vida"; y eso se repite en muchos de los autores que cuentan su experiencia primeriza en la edición del libro, el que una persona-enlace con la editorial lee algo suyo y le gusta o no le gusta, y a partir de ahí tendrá libro o caerá en el olvido; "y le doy muchas vueltas - continúa Muñoz Molina- a qué hubiera pasado si yo no publicaba aquel primer libro, si Gimferrer no iba a Granada", es muy sincero aquí el escritor jiennense, y mi impresión sobre sus palabras me recuerda a lo que nos quería transmitir Woody Allen en Match Point, la suerte y su importancia en hechos que podrían ser trascendentes en nuestra vida.
          Sin embargo cuenta Lolita Bosch: "empecé a recibir rechazos de todas (las editoriales a las que mandaba sus novelas). Debo tener 50 (se supone que se refiere a 50 rechazos). Pero yo pensaba que era un proceso natural"; y yo estoy de acuerdo con Lolita Bosch. Creo que el proceso natural es intentarlo tantas veces como te digan no en las distintas editoriales. La mayoría de autores imagino que tendrán que luchar bastante para darse a conocer, para que le den el visto bueno por una novela o unos cuentos en una editorial, aunque está claro que habrá casos que será escribir algo y besar el santo, en el caso de Muñoz Molina no me extraña porque escribe muy bien, Plenilunio, Los misterios de Madrid o La vida por delante son libros muy distintos, pero donde se ve al gran creador que hay detrás y además una persona que maneja el lenguaje con una soltura, una contundencia y a la vez una sutileza que envidio cochinamente, así es.

          Concluyo la entrada del blog con Marcelo Figueras, escritor argentino: "pensar que cuando publicás un primer libro te transformás en escritor es lo mismo que pensar que cuando sos padre por primera vez te transformás en padre. Es algo que vas a tener que demostrarte a vos mismo todos los días", y es que ahí está la clave, puedes engañar una vez o dos pero al final no te puedes engañar a ti mismo, y creo sinceramente que el hecho de escribir es o debe ser un acto de necesidad (¿necesidad de qué?, de escribir), aun en los pasos de la corrección o documentación de una novela o un cuento o lo que sea; hoy después de lo poco que he leído y de lo mucho que me queda por leer creo que sé diferenciar cuándo un autor escribe por necesidad y con honestidad y cuándo no, y cuando se nota, sintiéndolo mucho y por mucho que le haya gustado a un editor, cierro el libro, y un lector habitual sabe cuando cierra un libro porque no está en el momento para embarcarse en esa lectura y la volverá a retomar (cuando el estado de ánimo te abra la puerta del libro) y cuándo cierra un libro que desgraciadamente sabe que no volverá a abrir.
         
    
         

domingo, 5 de agosto de 2012

EL MAESTRO DE ESCUELA Y AQUEL NIÑO (Manuel Vicent)

     
          Un domingo se distingue del resto de días de la semana, sobre todo, porque uno empieza a leer el periódico por el final, por la columna de Manuel Vicent. Además de vez en cuando a este escritor mediterráneo le dejan la hoja entera para hacer artículos más largos, como es el caso del que me ocupo ahora en escribir, EL MAESTRO DE ESCUELA Y AQUEL NIÑO, encuadrado en una serie de artículos bajo un enfoque superior llamado Días Felices.

          "Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto... sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido", decía en una carta de agradecimiento Albert Camus a su maestro de escuela primaria, el señor Germain, con motivo del Premio Nobel que recicibió el escritor; asimismo, su antiguo maestro contestaba, "creo conocer bien al simpático hombrecillo que eras. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. El éxito no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo el mismo Camus".

          "En cualquier tiempo, en cualquier lugar hubo un maestro de escuela que un día puso la mano en el hombro de ese niño e hizo todo lo posible para que su talento no se desperdiciara", sencillas palabras de MV, fundamentales palabras para creer en nosotros mismos, en que más allá de Rajoys incompetentes y Zapateros iluminados, existe una ciudadanía que debe pensar por ella misma y no lo que dicte la secta. Me hacen la misma gracia los que defendían a Zapatero cuando se veía que no era capaz de llevar ni medianamente un país, y los que ahora defienden a Rajoy encantados con el cuento chino de que lo hace porque tiene que hacerlo. ¿Es que tenemos que seguir una ideología a tal extemo de no saber ver ni pensar por nosotros mismos? Ay país.
          Gracias de nuevo a Vicent por este artículo tan estimulante para la gente que nos dedicamos a la enseñanza y que sabemos básica para el desarrollo de las personas que luego serán las que habiten, gobiernen, vivan los lugares.

martes, 10 de julio de 2012

PARLAMENTO PELUCHE

   
          RAE.
          parlamento.
          1. m. Cámara o asamblea legislativa, nacional o provincial.
          3. m. Razonamiento u oración que se dirige a un congreso o junta. 
          5. m. En el teatro, relación larga en verso o prosa.

          Hay más pero las que me interesan están ahí ya. Los de la foto no se pueden comunicar más acá de a dónde nos lleve nuestra fabulación. No saben inglés. No saben de economía. No saben de educación. No saben de sanidad. No saben de obras públicas. No conocen los mecanismos de gestión de pequeña empresa o comunidad. Nunca han trabajado. Si les preguntas por los chuches te contestarán con la misma mirada candorosa e infantil que si les preguntas por la ceja.
          Pero qué bien disimulan.

jueves, 5 de julio de 2012

MÁS PERDIDO QUE UN CÓDICE EN UN GARAJE


     Al ver la imagen creo que a ningún fotógrafo reconocido, millonario o famoso se le podría haber ocurrido una foto así, tan perfecta para describir los tiempos en que vivimos y describirnos y descubrirnos a nosotros mismos. Creo que la metáfora argentina de la biblia junto al calefón acaba de ser desbancada en su puesto de claridad y lucidez por esta otra: Más perdido que un códice en un garaje.
     El trabajo minucioso, culto, de encaje de bolillos que supuso la creación de un monumento de nuestra cultura, que se concreta en un libro, contrasta con un garaje, hormigón y fealdad, humedad y cañerías para guardar en su dura entraña una joya del siglo XII, además, como no podía ser de otra forma, metido en una bolsa de plástico.
     Es la noticia perfecta para hacer una novela, y además creo que el más indicado sería Eduardo Mendoza, con su humor fino y sutil.
     De todas formas creo que ayer fue un día importante para marcar en el calendario, que quedará como una muesca en el tronco de un árbol cuando hace un corazón alguien con ánimo de dejar constancia y perdurar su deseo. El 4 de julio será más importante para nosotros que para los americanos.